A las 12h en Madrid se presenta un informe sobre los medios digitales en España al que le he dedicado bastantes horas para la Open Society Foundations de George Soros. Como no podré estar, me desquito por aquí. Esto es lo que yo diría:

Hablar de cómo se ha hecho la digitalización de los medios en España y sus consecuencias sin analizar las condiciones de sus trabajadores es miope. Una y otra vez se critican aplicaciones, discursos y contenidos y se editan libros en los que se prescriben modelos ideales a los que tender para mayor gloria del profesor o “experto” de turno que los escribe, pero no se atiende a las condiciones en que trabajan quienes los producen. La precariedad e inseguridad en el trabajo, se me dirá, no es ni exclusivo de España, ni del sector de la comunicación ni posterior al proceso de digitalización. Cierto, pero con él se ha agravado: en las redacciones de las empresas externalizadas, en los medios de autónomos exclusivamente online, atomizados y de existencia efímera o que se sostienen por rebotar informaciones de terceros y opinión, mucha opinión.

Si seguimos así, le hacemos el juego a quien les interesa una forma de producir injusta. Se lo hace la Academia y se lo hace el Estado cuando miran para otro lado. Pero es que, además, producir noticias (o ficción, en su caso) no es producir patatas. No sólo estamos jugando con derechos laborales, sino con derechos fundamentales de los ciudadanos y con la manera como les construimos el mundo para que lo perciba y tome decisiones que nos afectan a todos.

Pero claro, hoy, aquí, entre los representantes de la sociedad civil, no habrá ningún sindicato o colegio de periodistas que pueda defender esto: por eso he querido decirlo yo.

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Igual que no se puede ejercer la ciudadanía plena sin un mínimo de condiciones materiales -y no materiales -de existencia cubiertas (comida, techo, trabajo digno, educación), un periodista no puede hacer un periodismo de calidad y verdaderamente independiente si no se sacude lo que ya todos sabemos y hemos repetido hasta la saciedad: el miedo a perder su trabajo o jornadas laborales de 10 horas como becario por 500 euros al mes sin declarar.

Cierto también: la solución a la precariedad no vendrá sólo de un supuesto empresario benefactor que se apiade por responsabilidad social. Sabemos que las cosas siempre son más complejas: la precariedad o los bajos salarios dependen (también) de otros factores. Por ejemplo: el tamaño de la oferta de mano de obra periodística en comparación con la demanda de la misma. O como dice el gran Picard en modo economista: la incapacidad de los propios periodistas y sus empresas para aportar un valor añadido creativo y especializado a su trabajo que justifique un aumento de su salario. Si todos salen uniformemente formados de la universidad, nos dice, ¿en qué se diferencia uno de otro? Estimulemos al periodista como trabajador creativo. Así leo yo las palabras de Picard.

Pero, como principio, el tema de los derechos exclusivamente como una cuestión jurídica desgajada de lo social es, repito, miope. En el ámbito de las investigaciones de historia del género, se lleva tiempo diciendo: una mujer no puede ejercer la ciudadanía al mismo nivel que el hombre si gana menos -y por eso suele elegir quedarse en casa a hacer el trabajo reproductivo, no el productivo-, si trabaja en peores condiciones, si tiene menor tiempo de escolarización, etc. Pues esta misma lógica de trabajador subalterno se aplica, a mi parecer, al trabajo del periodista (como al trabajador que crea “ficción” y “entretenimiento”). Y seguramente es miope no por error, sino porque es interesado. ¿Alguien en la sala dispuesto a ponerse gafas?

Cierro una etapa. Y la verdad es que tenía muchas, muchas ganas de cerrarla. Este trabajo ha sido bonito pero quemante. Sólo espero que Soros, como multimillonario gran tenedor de deudas públicas varias, sea capaz de ejercer presión para que se hagan realidad en los tribunales y en los despachos algunas de las medidas que proponemos en el informe.

Ahora, a otra cosa.

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