No broncodilatamos. Los asmáticos solemos tener bronquios inflados y huraños. Pero en la sala de espera que nos aparta de la Gente de los Bronquios Amables no somos tan distintos de ella: todos nos aferramos a nuestros móviles. O nuestros móviles nos aferran. Aferran a las chicas de la carcasa rosa. Galilea no debe llegar a los quince. Vaqueros elásticos, deportivas, auriculares color Apple. Carolina, treinteañera: botas altas de cuero y cremallera y mechas discretas. Como el negro de otro móvil aferrante, el del cuaranteañero anónimo a su lado (a él aún no le ha llamado la voz del interfono). El del señor contra la pared de cristal comparte la estrechez del puño derecho con el broncodilatador blanco. Es de brillo metálico, como su cabeza de jubilado aún poblada y como ese trozo de canilla que le asoma entre la pernera y el calcetín. Ella, poco huraña, compensándole los bronquios. Y la mano derecha.

[De móviles que aferran españoles. Más en nuestro informe Mapping Digital Media para Media Policy de Open Society Foundations y aquí abajo, en mi blog, en inglés monárquico]

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