Supe que tenía tema cuando mi procesador de textos se empeñó ayer (como hoy) en escribir gobernanta y no gobernanza. Gobernanta: mujer encargada de la administración de una casa o del servicio de un piso en los grandes hoteles. Mujer que corta el bacalao, vamos. Mi procesador de textos no andaba, finalmente, equivocado: en ciertos círculos, desde hace no demasiado, el gobierno es mujer. No ya sólo de un hotel o de una casa, sino del mundo.  Y quizá eso no guste a la RAE, pero también ella y las palabras que custodia han tenido que comerse la tan en boga gobernanza, que de neologismo realmente tiene poco: no es sino un vocablo desempolvado del francés y el castellano del siglo XVI. De eso va mi tesis. O quizá no.

Las palabras importan. Califica de bruja a una mujer y podrás quemarla, apostilla el historiador cultural Peter Burke. Las palabras hacen. Pero no todo el mundo puede hacer palabras. Se lamenta José Antonio Marina por no hacer conseguido imponer el uso de estoycón. Que, no, no es un señor estoico gordo, a pesar de lo que podría parecer viniendo de un filósofo, sino una forma de calificar a las relaciones de pareja de hoy día, ésas que no tienen el compromiso de un matrimonio, pero tampoco el carácter efímero de un ligue esporádico.

No: Marina no es un líder lingüístico. Para eso hay que tener poder. La Unión Europea lo tiene. Publicó en 2001 su libro blanco sobre la gobernanta, perdón, gobernanza, o mejor, governance, en inglés, o gouvernance en francés, a su vez basado en la investigación en Ciencias Políticas, fundamentalmente hechas en el ámbito anglosajón. Es justo el año en que la RAE lo incorpora a su diccionario, según Fundeu (2006), siguiendo los usos de la Unión Europea y las Naciones Unidas. Y la definición no aclara mucho. Para remate, una década después lo mismo la oyes en la defensa de la gobernanza económica que hace un parlamentario de Izquierda Unida como Gaspar Llamazares, en el ataque a la gobernanza universitaria por parte de un estudiante que se manifiesta contra los recortes de la financiación pública de la educación o en el discurso de un humorista como Forges comentando una de sus viñetas en RNE (a partir del minuto 33.50 de este audio).

Qué lío. A deshacerlo me dediqué en la primera parte de mi tesis.

Primero investigué las diferentes acepciones en algunas de las líneas de investigación más prominentes en las que se había basado la UE, todas de la Europa anglosajona, atlántica y escandinava. Decidí desenmarañar la madeja clasificándola de acuerdo con lo que creí que mejor me ayudaría : sus presupuestos filosóficos, tanto ontológicos (¿qué existe? ¿Cuál es el objeto de estudio? ¿Presupone una concepción más realista, es decir,  existe un mundo que investigar al margen del investigador, o más idealista, es decir, lo que existe es más una creación de mi mente que una realidad objetiva?) como epistemológicos (a partir de lo que yo creo que existe, ¿qué puedo conocer y cómo?). Y de paso descubrí -por cierto, para mi ingenuísima sorpresa- que estos presupuestos suelen pasar bastante desapercibidos para la mayoría de los investigadores en Ciencias Sociales.

Después, deduje los elementos comunes a todas ellas: el de concebir la política como un proceso (un cómo, y no unos señores, unas leyes y unas instituciones inamovibles)  y el de hacerlo, además, incorporando a personas y grupos que no son políticos profesionales, pero que pueden aportar ideas y conocimientos sobre problemas sociales y sobre cómo solucionarlos a través de la política. A partir de aquí, yo también me decanté. De estos dos conceptos o elementos de la gobernanza, la política como proceso y como participación, seleccioné el segundo.

Pero hay que prevenirse contra la participación: ni es por sí misma garantía de un mejor gobierno ni consigue que todos los ciudadanos tengan tiempo, ganas y conocimientos necesarios para participar.

Respecto a la primera prevención, sin embargo, soy de la opinión de que también las equivocaciones y el desconocimiento de aquéllos a los que van a ir dirigidas las políticas que se diseñan contribuyen a la formulación de una buena política. El profesor que, primero, pregunta a los alumnos qué saben y qué no empieza por buen camino, porque puede adaptarse a sus necesidades. Volviendo a Marina: en lo que él llama la “inteligencia social” o “tupido tejer de agujas múltiples”, hay un trabajo de invención, crítica y puesta a prueba de

“librepensadores, científicos, estúpidos, santos, malvados, gentes del común, víctimas, verdugos, que sufriendo bandazos con frecuencia sangrientos, gracias a la inclemente pedagogía del escarmiento y a la gloriosa del placer y la alegría, produce una consistente segunda realidad” (La inteligencia fracasada, 2005, p. 143).

En cuanto a la segunda prevención (la falta de recursos para participar), la compensé afinando aún más mi concepto de participación: elegí un tipo de participación colectiva y consciente, en concreto de eso que se ha llamado sólo muy recientemente “organizaciones de la sociedad civil”, en su acepción de organizaciones sin ánimo de lucro que trabajan por la realización de un bien público: asociaciones de padres y madres de alumnos, asociaciones de vecinos, ONGs de todo tipo… .

Partiendo de esas premisas -no todos participan (de hecho, se participa poco) y se puede participar mal-, ahí va un nuevo recorte: la segunda parte de mi tesis se centrará en las ideas y valores que sostienen a esos participantes tan concretos. Las formas de pensamiento que preceden a la acción. Y, por eso, empieza a cabalgar ahora entre los principios de la filosofía política occidental  (libertad, igualdad, propiedad, justicia), la historia cultural de lo social (¿qué recursos culturales, como discursos o relatos, metáforas o identidades han usado distintos grupos en España para diagnosticar problemas sociales y sus propuestas de solución política?), los estudios sociológicos de “acción colectiva”, y los análisis de cultura política.

Y, por fin, si no muero en el intento, intentaré aplicar la gobernanza participativa a los principios morales y legales con los que se regulan los medios de comunicación para no romper el precario equilibrio entre, por un lado, la defensa del principio de responsabilidad social de los medios y, por otro, la libertad de expresión (entendida como libertad fundamentalmente empresarial).

Ay, sí, yo también con todo esto me empeño en aspirar a líder lingüística, a que triunfe mi propio estoycón, mi gobernanta de mundos más allá de la casa y el hotel. A contribuir a que el discurso de la Unión Europea no se quede sólo en retórica. A que se llene de contenido esa palabra que rima con panza y mejorar así las formas como se toman decisiones políticas sobre los medios. Por eso es por lo que mi propuesta de investigación es lo que se llama normativa.

¿Que, llegados a este punto aún no sabes de qué va mi tesis? La tuiteo: de cómo tú y yo podemos contribuir a hacer política sobre medios de comunicación en defensa de los principios de bien común. ¿Parece utópico? Quizá con más participación, con más puesta en común, reconocimiento y exposición pública de errores o conductas no deseables habríamos podido evitar cosas como la crisis financiera y económica actual. ¿En qué principio crees que se basa, si no, la última propuesta de Ley de Transparencia?

Como dijo Juan Ramón en la defensa de su “Política Poética” (“El trabajo gustoso”, 1936)

“…el que gobierna no puede gobernar solo si no le ayuda el mismo gobernado; no hay que dejarse gobernar pasivamente, sino ayudar alerta a ser gobernado. Todos debemos ayudar al político en esa inmensa obra de poner la poesía al alcance de todas las manos, compañeras necesarias del trabajo”.

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