Esto lo escribí el 25 de noviembre de 2010.

La película alemana Die Fremde (La extraña), de la directora Feo Adalag, se ha llevado el premio Lux de cine que concede el Parlamento Europeo. Cuenta la historia de una joven madre turca,  maltratada por su marido, que escapa de él junto con su hijo para refugiarse en Alemania junto a su familia. El remedio es peor que la enfermedad: la familia la destierra y llega a acosarla hasta el extremo inimaginable.

El triunfo de esta película me hace plantearme muchas preguntas sobre quién y por qué se da este premio. Según la nota de prensa del parlamento, los Premios LUX los otorgan “eurodiputados”  “a películas que ilustran los valores fundamentales de la identidad Europea, exploran la diversidad cultural de Europa o aportan nuevos puntos de vista al debate de la integración europea”. Veamos cuáles son esos “valores fundamentales“, esa “diversidad” y esos “puntos de vista sobre integración” que defiende la cinta.

La película estereotipa: los alemanes son buenos, los turcos malos.

De Turquía sólo se muestra una familia fundamentalista, de Alemania algo más: una amiga hospitalaria, las fuerzas de policía del estado de bienestar, una inmigrante española que dirige una residencia de acogida gratuita y un rollo advenedizo convertido tras dos citas en padre adoptivo entregado y amoroso. Además del gueto al que pertenece la familia, cuya adscripción religiosa concreta desconocemos (sí, es el Islam, pero, ¿qué rama, qué secta?). El guión no da pistas sobre ello. El Islam parece ser sólo una cosa. Turquía, un país plano, sin aristas. Sólo hay una única y fugaz excepción a la regla: una mujer inmigrante, también turca, totalmente adaptada a Occidente, que es quien da trabajo en un restaurante a la protagonista.

La película, por tanto, descontextualiza: vale que el cine narra las historias mínimas de los hombres y no tiene ni tiempo ni materia prima para hacer hondos análisis sociales. Pero lo peligroso es cuando los hombres sobre los que se cuentan cosas tienenpretensiones de ser representativos de un colectivo: entonces hay que saber elegir. ¿Hasta qué punto son representativos? Al enseñarme de forma miope el ambiente opresivo que rodea a la protagonista, ¿quiere la directora que tome la parte por el todo?

Todo esto, además, lo cuenta el guión con una insistencia en la tragedia hasta la hartura del espectador. A mí me recordó mucho a la Ladybird, Ladybird de Ken Loach. Con todos mi respetos al Ken que me emocionó en Riff Raff(por cierto, otra galardonada europea. En este caso, de los Premios Félix).  Pero no hay momentos de distensión. La protagonista recibe un palo tras otro. Y con ella el espectador. Sin tregua. Y el final roza el paroxismo y la incredulidad. Los que aman la película podrían decir cosas sesudas como que es una estrategia de distanciamiento o de extrañamiento, de hacer lo cotidiano extraño para verlo como por primera vez: la misma de los formalistas rusos en teoría de la literatura, por ejemplo. El problema es que aquí el distanciamiento no me vale : ¿Para qué? ¿Sirve realmente al propósito de la directora? Si no me identifico con ella porque me harto, me río de ella. El objetivo de hacerme partícipe de sus desgracias no lo ha conseguido conmigo la narración.

He aquí los “valores” : La vida es una absoluta mierda para la mujer musulmana, pero podría ser la felicidad completa si hubiera nacido “en el otro lado”: el de  Europa. Europa es Estado fuerte, rico y salvador para todos, incluso los diferentes: fuerza policial e instituciones asistenciales le amparan. En Europa, el mercado compra tu fuerza si está dispuesto a trabajar, seas hombre o mujer y sólo con el requisito de que tengas voluntad.

He aquí la “diversidad“: una familia impenetrable por un lado, unos alemanes generosos pero impotentes por el otro.

He aquí los “puntos de vista sobre integración“: no hay manera. Aunque haya excepciones individuales a la regla, la mayoría de los inmigrantes son cerriles.

¿Que quizá estoy exagerando? ¿Que tomo la parte por el todo sin que ésta sea la voluntad de la directora? Sacude las dudas Feo Aladağ: al recibir el premio ha dicho que decidió rodar Die Fremde porque “vivimos en una sociedad multicultural que no puede seguir promoviendo el consenso, sino encontrar nuevas formas de enfrentarse a las crecientes divergencias“. Vamos: el consenso no funciona, hay que oponerse a lo extraño. Pocas semanas antes, la canciller alemana se lamentaba: creímos que se irían, pero no lo han hecho¿Casualidad de premio?

Así que hemos fracasado porque ellos no se han adaptado. Mostremos al mundo lo malos que son. Pero ni ellos son tan malos ni nosotros tan buenos. La vida, por suerte o por desgracia, no es maniquea. No creo en el relativismo cultural y sí en cierta superioridad moral que da el hecho de que la sociedad occidental fuera promotora de la Declaración de Derechos Humanos. Por cálculo o por convicción, da igual. Pero ¡OJO! Una de cal y otra de arena: Tenemos que recordar que ha sido por medio del sufrimiento ajeno, de que quienes han tenido poder en Europa reconocieran que habían abusado de él, dentro y fuera del continente… Y por cierto, los derechos humanos siguen siendo un ideal.

Torpe manera la que tiene Die Fremde de hacer denuncia: sobredimensionando el fundamentalismo y ciegos a nuestras vergüenzas. Es, al menos, lo que yo pienso. Y sé que soy minoría, porque al final de la película, que tuve la oportunidad de ver en Barcelona gracias a mi amiga Sara, la oficina del Parlamento Europeo en la ciudad nos pidió el voto en una urna a la vista. Al salir ya sabíamos que La extraña arrasaría.


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